Vivir en Dios

A lo largo de mi vida he sentido la necesidad de escribir en mis diarios dirigiéndome a Dios. Unas veces de manera tranquila y profunda, confirmando y apreciando su existencia en mi vida. Otras, bastante desesperada buscando explicación a lo que me ocurre, viviéndome exiliada de su reino, privada de su custodia y protección.

Hoy, me doy cuenta de cuantas imágenes y símbolos han funcionado como intermediarios en mi relación con Dios, cuánta literatura ha sido siembra y estímulo de mi imaginación.

Últimamente desde la necesidad de profundizar y expresar mi sentir acerca de su existencia y naturaleza, me he encontrado con estas reflexiones que han formado parte de mí desde siempre.

“Si Dios es el origen de todo, obviamente Dios es mi origen. Si esto es un hecho, yo soy divina, y si yo lo soy, con certeza, lo somos todos”

“Si Dios constituye la esencia de todo, Dios es mi esencia y por lo tanto está en mí, así como yo en Él”. “Si esto es así, no hay nada que nos separe ni nos diferencie”

Por desgracia, estas sencillas y lógicas reflexiones residían en un lugar que no alteraba en lo más mínimo mi manera de ser y vivir. Era una especie de información sumamente encapsulada y controlada que coexistía conmigo sin crearme contradicción alguna con las infinitas decisiones que tomaba a diario, con la cualidad con la que realizaba o expresaba todo.

Era más sencillo recluir a Dios en el reino de los cielos y alejar dicho reino más y más de la tierra, para que sus leyes no cuestionaran el caos que vivimos aquí.

Era más sencillo negar la existencia de Dios al contemplar el panorama desolador en el que nos encontramos que asumir la verdad de nuestro origen y el sentido de nuestra existencia.

Mucho más sencillo culparle de todos los males que volver la mirada hacia la verdad que habita en cada uno de nosotros y, desde la conexión con ella, asumir la responsabilidad de nuestras creaciones, cuestionándonos honestamente el sistema de creencias e ideales que sostienen nuestro mundo. Un mundo que día tras día va mostrando inevitablemente su incompetencia.

No sólo nos hemos desconectado directamente de Dios, sino también de toda la sabiduría ancestral, herencia legítima y auténtico testimonio de antepasados que lograron vivir en la Tierra en estrecha comunión con el Cielo. Cómo puede ser que lo que ya se sabía y vivía en el antiguo Egipto, en Persia, en Grecia y en la India de Pantajali haya sido desalojado de nuestras vidas. Cómo puede ser que las enseñanzas e iniciaciones de Gautama el Buda y de Jesús se hayan reducido a rituales religiosos y paganos que no nos devuelven la verdadera conexión, sino que por el contrario nos alejan más y más de poder experimentar a Dios en cada decisión de nuestro diario vivir.

Cómo puede ser que nos hayamos reducido a nuestra forma física, quedándonos perdidos y huérfanos, buscando desesperados sucedáneos que llenen nuestro vacío. Algo que nos complete, nos complazca o nos distraiga de la tensión que sentimos precisamente por habernos reducido a la simple fisicalidad, sin saber cómo volver a reconectarnos con lo que en verdad somos.

Un día que no queremos ni recordar, decidimos jugar a crear todo aquello que nuestra mente pudiera idear, sin tener en cuenta nuestro corazón, sin tener en cuenta la cualidad, la intención y el propósito de nuestras creaciones. Sin tener en cuenta que todo está interrelacionado y que lo que pensamos, sentimos y hacemos, tiene consecuencias no sólo para nosotros, sino para ese ‘todo’ del que somos parte. Y como resultado aquí tenemos nuestro mundo, un mundo al que no necesito describir porque a bastante velocidad se está poniendo en evidencia.

La buena noticia es que podemos elegir retornar de nuestros laberintos. Podemos volver a Dios y comenzar de nuevo una vida en co-creación. Una vida cuyos cimientos sean el amor y la armonía.

Una vida en la que cada uno de nuestros movimientos proceda de esa fuente inagotable de quietud y dicha que para mí es Dios.

Vivir en Dios es la mayor revolución que he conocido, pues implica el absoluto discernimiento sobre la cualidad energética de todo lo que es.

Vivir en Dios me aporta la claridad para reconocer los aspectos de mi vida en los que no hubo o todavía no hay amor y me compromete a vivirlo en cada una de mis decisiones, por insignificantes que parezcan.
Me lleva a apreciar la ligereza y la exquisitez que experimento a medida que me libero de excusas, justificaciones y condicionamientos.

Vivir en Dios ha dejado de ser una utopía, un misterio, para convertirse en una aventura diaria que enciende mi corazón, me expande y me devuelve el sentido de estar viva.

 

Últimos artículos

Response (1)

  1. Isabel Silla
    Diciembre 11, 2017 at 6:35 am · Responder

    ” Si Dios es el origen de todo, obviamente Dios es mi origen. Si esto es un hecho, yo soy
    divina y si yo lo soy, con certeza, lo somos todos.”

    Mi corazón reconoce estas palabras como VERDAD. Me ayudan a recordar, a asumirme y a experimentar la vida desde la divinidad que soy/somos.

    Gracias Victoria

Deja tu comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Back to Top