Una nueva mirada

Recientemente, guiada por la sensación de haber perdido visión en los últimos meses, decidí volver a revisarme los ojos. No podía aún entender qué era, pero esta decisión venía acompañada de una especie de vértigo, de un presentimiento inquietante.

Durante el chequeo, llegó un momento en el que empecé a sentirme colapsada por no tener respuesta a las preguntas que me hacían. No sabía si veía las letras más claras en un fondo verde o en un fondo rojo, si leía mejor con este cristal, con ese o con aquel otro. El hecho de que alguien estuviese esperando una claridad que no tenía en ese momento, me hubiera llevado en el pasado a responder cualquier cosa con el fin de liberarme de la tensión que esto me generaba.

Esta vez pude expresar la verdad de lo que me ocurría, mostrar abiertamente mi aturdimiento, mi fragilidad. Pude comunicar que daba igual el cristal que me pusieran, ya que las letras nunca las percibía estables, sino con una especie de vibración que me inquietaba.

Fue para mí una sorpresa verme de repente libre de un viejo patrón que me solía llevar a la resignación cada vez que algo me colapsaba y no era capaz de expresar lo que me estaba ocurriendo. Un patrón que se alimenta del temor a decepcionar, a molestar, llevándome a satisfacer las expectativas del otro.

AL escuchar varias veces la frase “ya verás como con éste vas a ver genial…” y comprobar que no sucedía, la incomodidad comenzó a inundarme y hubiera querido escapar de ella a toda costa. En este caso hubiera sido a costa de mis ojos.
Esta vez no fue así, pues pude apostar por mí y exponer la verdad de lo que me ocurría. Mi sorpresa fue que al expresarme me sentí respetada, muy cuidada y finalmente encaminada hacia el especialista que descubriría que lo que mis ojos padecen es una degeneración macular.

En pocas horas pasé del shock de la noticia a una gran tristeza que progresivamente me condujo a escenarios y situaciones en las que había experimentado aislamiento, miedo, impotencia, dolor e indefensión.
Afortunadamente la noche de este día tan crítico estuve acompañada por dos mujeres, y el amor con el que me apoyaron me permitió llorar lo no llorado. A medida que lo hacía, mis ojos se liberaban agradecidos.

Al día siguiente amanecí más serena, y a pesar del alarmante diagnóstico, podía apreciar hasta el más pequeño detalle de todo lo que la vida me estaba brindando. Me vivía sostenida, cuidada y con entera disposición para hacer por mis ojos todo lo que estuviera en mi mano. En realidad sabía que no se trataba sólo de mis ojos, sino de las decisiones y correcciones que necesitaba hacer en mi vida.

*Cuántas veces he vivido en la ilusión de lo que quiero ver y no en la realidad de lo que está sucediendo…
*Cuántas he agotado a mis ojos poniéndolos al servicio de mi mente,  juzgando y etiquetando de bueno o malo, de correcto o incorrecto lo que tengo delante.

* Cuántas veces he tomado decisiones guiada por lo que veo en lugar de por lo que siento en mi cuerpo…

Esto me lleva a reflexionar acerca de las situaciones en las que he dudado  de lo que siento por creer que necesito pruebas o argumentos para defenderlo ante los demás, cuando en realidad se trata sencillamente de escucharlo y ser consecuente con ello.
Puedo ver hoy que dudar ha sido una excusa para des-responsabilizarme de la claridad con la que percibo y siento. Una trampa para evitar la incomodidad que el reflejo de la verdad puede desencadenar en otros.

Dudar ha sido una manera de darme tiempo, de justificar una actitud negligente que complica y pospone cuando lo que se requiere es simplicidad y determinación.

Dudar hoy lo vivo como un acto de desamor tanto hacia mí como hacia los demás. Un mecanismo que me anestesia, me desvía y me impide sentirme ligera y lúcida para dar el siguiente paso.

Mirar el caos que hay en nuestro mundo ha sido con frecuencia sinónimo de impotencia y desánimo. Y esta mirada es realmente tramposa ya que me impide sentir la responsabilidad que tengo en ese desorden y me deja sin energía para ocuparme de todo lo que necesita ser corregido u ordenado en mi propia vida.

Y volviendo a mis ojos, no me es posible saber cuando empezaron a enfermarse y tampoco si un día podrán recuperarse. Lo que si sé es que mi nueva relación con ellos me está transformando. Además de que ahora los tengo muy presentes a lo largo del día, el  simple acto de cuidar de ellos se ha convertido en un ritual muy sanador, ya que el ir afinando mi percepción me permite detectar con extrema inmediatez cómo y desde donde miro lo que miro. Así como experimentar la profundidad en aspectos cotidianos que con frecuencia vivía de manera automática.

Revisar con honestidad y verificar la calidad de mis movimientos y mi hacer, me alinea, me ordena, recuperando el ritmo que me permite fluir con todo. Recuperando la mirada sabia y compasiva que minimiza los dramas y me presenta la vida como una gran oportunidad para seguir evolucionando. Una oportunidad para poder vivir cada vez más comprometida con mi verdadera expresión.

 

 

 

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Responses (2)

  1. Nadia
    Octubre 30, 2017 at 3:04 pm · Responder

    Muchos son los filtros que desvían nuestra mirada y las excusas que obedecemos por miedo a expresar lo que sentimos y vemos con tanta claridad. Lo cierto es que a su debido tiempo uno tras otro llegaremos al mismo punto y habremos de elegir entre el supuesto confort que proporciona ser uno de tantos o dar el paso de apostar y dejarnos guiar por la claridad de nuestra percepción.
    Gracias Victoria por inspirarnos a mirar y escucharlo todo desde lo profundo de nuestro corazón.

  2. Patricia Darwish
    Noviembre 19, 2017 at 1:04 am · Responder

    Toda mi vida tuve un patrón muy poderoso a mis espaldas.Pero poco a poco esta perdiendo su poder. Gracias Victoria.

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