Sanar la rabia

 

Me era familiar la tristeza, una tristeza que a veces sin saber por qué me inundaba y no sabía qué hacer con ella.

Me era familiar sentirme lejana, ausente, sentirme menos, mirar perpleja a los demás, juzgarles o idealizar sus valores.

Me era familiar usar la imaginación para escapar de lo que ocurría a mi alrededor. Sin embargo, no recuerdo a lo largo de toda mi infancia sentir la rabia, haber intimado con ella, darle permiso para existir hasta poder comprenderla. Cualquier conducta abusiva o descarga desproporcionada, me aturdía tanto que me llevaba directamente a sentir la indignación del otro, sin poder conectar con la mía propia por ser tratada de aquella manera. Me quedaba paralizada, sintiéndome culpable por el hecho de haber desencadenado semejante alteración, impotente por no poder controlar lo que ocurre, triste por no poder defender tantas veces lo que consideraba mi verdad. A continuación, intentaba escapar y lo hacía de maneras diversas. Mi favorita era refugiarme en la naturaleza, pasando de la contemplación a conseguir fundirme con ella para evitar aquello que tanto me dolía.

He descubierto la existencia de un mecanismo que se dispara y de repente me anestesia para no sentir. Una necesidad de protegerme, de evitar mostrarme vulnerable ante la violencia, las falsas acusaciones, los juicios, las burlas, la ironía, las humillaciones.

Un mecanismo que va unido a un miedo irracional al descontrol, a que esa energía me inunde, me desborde y tenga consecuencias. Miedo a que una guerra me convierta en víctima o en marioneta dirigida a hacer daño.

Así pues, me evadía para no sentir la impotencia que me generaba todo lo que se me imponía: normas, dogmas y autoridades que lejos de predicar con el ejemplo, se comportaban de manera arbitraria.

Me evadía para no sentir el conflicto que me generaba tener que obedecer a los mayores en contra de lo que yo sabía que era la verdad. Para no mirar lo absurdo de traicionarme con el fin de ser aceptada.

Este conflicto que tantas veces no enfrentaba para evitar sentirme rechazada y castigada, fue operando en la sombra afectando mi salud y bienestar.

La decisión de no escucharme, de no clarificar lo que siente mi cuerpo a cada momento … la decisión de no darme el espacio ni el tiempo para comprender lo que estoy viviendo y poder decir NO a lo que me hace daño, ha tenido consecuencias. Y esto ha sido lo que elegí en lugar de estar presente, leyendo la energía y tomando decisiones desde un sentir responsable que incluye el amor y el respeto hacia mi cuerpo y como consecuencia, hacia todo.

Durante estos últimos quince días estoy sufriendo un proceso de inflamación que se concreta en mis articulaciones. Especialmente mis manos me duelen mucho y me despierto como si tuviera unos guantes de boxeo que me insensibilizan y me impiden sentir su calidez, su agilidad de movimientos, su delicadeza y exquisitez en el contacto. Es una sensación horrible que me ha conectado con miedo, impotencia, rabia, tristeza. Me ha llevado a observar que muchas personas de mi familia paterna y materna lo sufren con bastante resignación. Algunos lo achacan a los genes y a la edad. Otros lo explican como algo que Dios les ha dado y se resignan a vivirlo ofreciéndole el dolor que sufren.

Con esta configuración  y estas creencias heredadas, ¿Cómo encontrar respuesta a lo que estoy viviendo? La opción más fácil sería atribuírselo a la herencia genética.

Sin embargo, ayer tomé la decisión de escribir como una manera de abordar con sinceridad lo que estoy viviendo. Como una manera de profundizar, de ordenarme. Como una oportunidad de conectar con ese espacio de quietud y sabiduría desde el que siempre puedo aceptar y permitir, sin alarmarme, el proceso de sanación que está sucediendo en mí y que puedo constatar gracias a que tengo un cuerpo.

Tomo la decisión de volver a la observación serena de mis pensamientos, de la cualidad de la energía que estoy permitiendo que se exprese a través de mi cuerpo. Y sé que necesito de la observación constante, porque todavía hoy, aunque sea por unos instantes, me resulta fácil alejarme de mí y adoptar comportamientos que expresan vehemencia, frustración, incluso rabia, especialmente asociados a situaciones que juzgo injustas.

Mirar las cosas por lo que en verdad son es lo único que me libera de sentir y acumular rabia.

Podría entretenerme en indagar acerca de las elecciones que hice en otras vidas y han derivado en lo que estoy viviendo en ésta, pero no es necesario. Simplemente con mirar hacia atrás y preguntarme si realmente mi cuerpo ha sido un vehículo que ha expresado consistentemente el amor que en esncia soy, es suficiente. Hay mucho en mi vida realizado en nombre del amor, pero no siempre expresado en su energía. Y es que el Amor no es un concepto que puede reducirse a una buena intención, a una buena acción. El Amor es una energía con una cualidad sinónima de Quietud, de Armonía, de Alegría, de Verdad.

Pasamos parte de la vida reaccionando a favor o en contra de nuestro entorno, dando el poder  a creencias, ideales, tendencias culturales, ritos y costumbres, sin reparar en que nada de eso es verdadero.

Despertar del autoengaño me ha llevado a la rabia. Rabia por haberme traicionado, por haberme desconectado de lo que yo sabía que era la verdad. Rabia por haberme identificado con formas que me reducen y apoyan la inconsciencia. Formas que inevitablemente derivan en desigualdad, comparación, enajenación, desilusión, dependencia y en muchos casos tormento.

El cuerpo no miente. Y dado que todo lo que nos sucede pasa por él, podría ser nuestro más fiel aliado a la hora de discernir lo que estamos viviendo. Sin embargo, guiados por nuestra mente y su prepotencia podemos hacer elecciones nefastas. Así pues, en el intento de diferenciarnos o de mimetizarnos, obligamos al cuerpo a salir de su verdadero ritmo, provocando el desequilibrio y la desarmonía que tarde o temprano somatizaremos.

El proceso de inflamación de mis manos me ha llevado a la decisión de ser absolutamente honesta con todo lo que me están despertando, poniéndome en contacto con momentos de mi vida en los que enterré lo que sentía.

Intimar con mi cuerpo y honrar lo que siente es una elección sabia que, ya en si misma, me brinda apertura, me reconcilia y me expande, independientemente de cómo puedan evolucionar mis articulaciones.

En este momento, asumir la responsabilidad de mi cuerpo me ha llevado a descubrir que el proceso de inflamación encubría impotencia y rabia. La mera decisión de querer enfocarlas me está trayendo situaciones divinamente orquestadas que, aunque a veces no lo parezcan, se han constelado para apoyarme, para permitirme comprender su raíz y sanarla.

Reconocer lo que nos afecta es muy importante, así como identificar los pensamientos y las ideas que lo activan y alimentan.

Profundizando en ello he podido observar que tanto la decisión de expresar rabia por todo lo que nos duele, disgusta o consideramos injusto, como la de no expresarla y volcarla sobre nosotros, nos lleva a contraernos, a endurecernos, sometiendo el cuerpo a un estrés innecesario. Ambas tienen la misma raíz: la desconexión, y por lo tanto la ignorancia. Ambas alimentan el juicio y la separación promoviendo actitudes defensivas, auto-afirmativas, vehementes, impositivas que nos alejan de la armonía y de la posibilidad de expresar el Amor.

El hecho de saber volver a mí hoy y comprometerme con lo que en cada momento siento, favorece la intimidad conmigo misma. Una intimidad que me permite detenerme y escuchar, que me invita a comunicar con serenidad lo que vivo. Una intimidad que, lejos de cualquier reacción, me mantiene alerta, centrada, receptiva, consciente de que con ello contribuyo desde mí a la evolución de todos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Response (1)

  1. Ramón
    Octubre 23, 2018 at 6:25 am · Responder

    Aprecio Victoria tu decisión clara y consistente en la escucha de tu cuerpo. Para ti siempre es una oportunidad de ir más adentro en el autoconocimiento (autocuidado) y en la revelación de las raices que subyacen en cada de nuestros “problemas” físicos. Aprecio también la expresión tan depurada con la que das un sentido universal útil para todos a algo que podría quedarse en una vivencia cotidiana individual. Tus escritos siempre desembocan en una corriente de responsabilidad global del ser humano. Es un servicio comprometido que yo valoro y del que me nutro. Gracias Victoria.

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