Mi relación con Dios

¿Es Dios una realidad, un concepto, una ilusión?

¿Somos los seres humanos parte de su creación o es Dios una creación nuestra?

¿Cuál es la naturaleza del vínculo que nos une a Dios?

¿Por qué al responder estas preguntas suceden las diferencias, las divisiones, las interpretaciones, las oposiciones e incluso las guerras?

¿Cuál es la esencia de Dios?

Estas preguntas son tan familiares…

Llevamos siglos y siglos dando vueltas alrededor de Dios y sin embargo cuando contemplo nuestro mundo con ojos inocentes,
me cuesta encontrarle.

He oído desde niña que Dios es nuestro padre, que es el creador del cielo y de la tierra. Escuché que Dios es Amor, Bondad, Justicia, Verdad y Misericordia.

En la iglesia, en el colegio y en mi familia, decían que Dios está en todas partes y todo lo ve. Me enseñaron que después de la
muerte nos esperan el cielo, el purgatorio y el infierno, dependiendo de cómo haya sido nuestra vida.

Para ir al cielo había que vivir haciendo méritos y sacrificios, como hacían los santos y santas de esas lecturas dirigidas a
inspirarnos sobre cómo vivir dificultades y grandes tragedias.

Si pecábamos pero nos arrepentíamos nos esperaba el purgatorio. Allí se pasaba un tiempo pero no era el lugar definitivo.

Lo terrible y más temido era el infierno. Aquello si que era un horror para toda la eternidad, una cadena perpetua donde no había misericordia. Allí se iba a sufrir, las llamas del fuego te abrasaban y no había un final.

Con esto me encontré cuando vine a este mundo, un mundo que predicaba la existencia de Dios y celebraba año tras año la natividad y la crucifixión de su único hijo.

Cuando eres niña, tienes una sensibilidad y una apertura a través de la cual dejas entrar lo que oyes, especialmente si esto viene de las personas que quieres y en las cuales confías. Y a mí comenzó a crearme conflicto y bastante presión la distancia entre lo que oía y veía en el mundo, y lo que vivía dentro de mí.

En el Amor me sentía ligera, segura y protegida; pasaba de considerarme un error a tener claridad y mucha gratitud por la vida. Encontraba sentido a todo lo que me ocurría y en mi visión todo encajaba. Lo llamado bueno y malo dejaban de tener poder sobre mí. Me sentía libre, unida a todo y a todos en igualdad. Hermanada, plena y valiosa, con un impulso hacia los demás para compartir.

Yo quería sentir el Amor y poder expresarlo siempre, pero no me era posible. A menudo, ante la presencia de alguien me
contraía y el amor se me quedaba bloqueado en el pecho, volviéndome torpe, insegura e inoportuna.

Con el tiempo, la desconexión comenzó a ser mi realidad y pasé de vivirme un vehículo del Amor divino, a sentirme separada, vacía y necesitada.

En lugar de volver a mí, al Amor que siempre fui, soy y seré, comencé a reducirlo a formas románticas y místicas, perdiéndome una vez más en creaciones que me separaban de mi verdadera esencia.

¿Donde se había quedado Dios? ¿Ese Dios que estaba en todas partes y que yo había dejado de sentir dentro de mí?

Las ideas, creencias y filosofías nunca me devolvieron a él, sino que lo alejaban más y más de mí, de mi vida real. Sufría por no saber sostener el Amor en mi cuerpo. Un cuerpo    condicionado por viejos hábitos, inundado por todo tipo de emociones e influenciado por una mente que opinaba de continuo. Una mente que si la dejo, se convierte en el Gurú de mi vida…

Después de una larga búsqueda y mucha experiencia en la revisión de lo que no es, volver a la simplicidad de lo que soy parece un milagro. Miles de libros y maestros nos recuerdan que la Verdad está en nosotros, en el interior de nuestro corazón. No se trata de predicarla, de matar o morir por ella. Tampoco de conquistarla desde la voluntad a través de sacrificios, renuncias y disciplinas espartanas.

Se trata de abrirnos a sentir el amor que somos, viviendo una vida en íntima conexión con él.

Dios no es un producto de nuestra mente porque no es ni una idea, ni una creencia. Dios es una realidad energética con una cualidad y una vibración. Dios es el Amor en acción, sinónimo de Verdad, de Armonía, de Quietud, de esa quietud que reside en la profundidad de nuestro corazón.

Es sencillo conectar; lo que no es tan sencillo es vivir una vida que nos permita sostener la conexión. Una vida responsable, conscientes de la impronta que dejamos en todo lo que expresamos y hacemos.

SOMOS YA LO QUE BUSCAMOS.

Fui parte de Dios, y me desconecté al querer explorar la creación. Me desconecté y dejé de sentirme hija y hermana.
Me desconecté de mis alas y perdí el propósito. Con la pérdida del propósito perdí el sentido y el compromiso con la vida.

El resultado fue un pozo sin fin de tristeza, cimentado con fantasías, ilusiones, esperanzas y grandes dosis de orgullo y arrogancia.

El dolor que mi cuerpo experimentaba exponía contradicciones que me llevaron a investigar, a descubrir y a responsabilizarme.
La honestidad me llevó a reconocer la verdad y a emprender el camino de vuelta a casa.

Busqué a Dios en mi mente, haciéndome preguntas; hoy vivo la realidad de sentirme parte de él.

He buscado fuera de mí el Amor cuando Yo soy el Amor.

He buscado la Verdad y ahora la encuentro en mi, en esa quietud desde donde somos y lo sabemos todo.

He sufrido las consecuencias de haber pasado por encima de mi cuerpo, en nombre del amor a los demás.

He sufrido las consecuencias de la fe desconectada del Amor, de la ternura, de la delicadeza, de la armonía.

He sufrido las consecuencias de la esperanza irresponsable, desconectada del poder de elegir y de la capacidad de rectificar y corregir.

LA PRESENCIA es un hecho, una evidencia, una realidad donde la fe y la esperanza son innecesarias.

 

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