La revolución pendiente

Identificados de una manera más o menos consciente con algún ideal, el lugar en el que nacimos, la lengua, la corriente cultural, la religión, la ideología política, las tradiciones, el estatus familiar y sus costumbres, el sexo, la profesión, los recuerdos…

Perdidos en la necesidad de forjar una identidad que nos defina frente a lo que nos rodea, hemos sobrevivido hasta ahora cargando con un peso con el que ya no podemos más. Enfermedades de toda índole nos muestran crudamente el panorama en el que nos hallamos, fruto del intento de adaptarnos a un mundo creado desde la desconexión con nuestra verdadera naturaleza.

Las soluciones que desde la sociedad se nos ofrecen son parches que resultan ser pan para hoy y hambre para mañana.

Si no me siento feliz con mi pareja puedo buscar sucedáneos del amor y la sincera comunicación.
Si mis hijos me absorben demasiado, les pongo frente a la tele, la tablet, o el último juego electrónico.
Si mi cuerpo no me gusta….ahí está la cirugía estética para salvarme de “los complejos” y del paso del tiempo.
Si mis órganos comienzan a enfermarse…si hay células cancerosas en mi cuerpo, aunque lo más efectivo y necesario sea operar, si no miro lo que está realmente pasando en mi vida y qué es lo que está ocasionando ese desequilibrio, es posible que vuelva a aparecer por otro lado.
Si no puedo dormir, en lugar de cuestionarme cómo vivo, hay pastillas que en media hora me lo resuelven. Si por la mañana no puedo ni con mi alma…café, té o pastilla para funcionar y así poder seguir en aquello con lo que un día me comprometí y ahora me supera.

Y me pregunto si es necesario continuar viviendo cómplices de este engranaje enfermizo y enfermante que llamamos sociedad donde sufren los niños, los jóvenes, los mayores; donde sufrimos todos.

Se han hecho muchas revoluciones a lo largo de nuestra historia, sin embargo lo esencial sigue sin resolverse. Cambiamos lo exterior, operamos en las circunstancias, pero no nos cuestionamos el verdadero origen de todo este caos que llamamos vida.
Nos hemos alejado tanto de nosotros mismos que hemos llegado a olvidar quiénes somos, viviendo movidos por la insatisfacción y el espejismo de algo mejor.

La revolución pendiente consiste en vivir de acuerdo con nuestra verdadera naturaleza. Para ello es necesario reconocer abierta y sinceramente el vacío, la decepción y la incomunicación en que vivimos. Sólo así es posible recuperar la mirada inocente que nos ayuda a estar en este mundo sin identificarnos con él, a expresar con transparencia la verdad de nuestro corazón. Sólo así es posible recuperar la auténtica hermandad, en la que no se predica sino que se experimenta el verdadero respeto por las diferencias, presidido por el Amor que nos une.

Es tiempo de sinceridad, de cuestionamiento, de revolución; pero cada uno tiene que hacerlo consigo mismo, día tras día, momento a momento. No sirve perfumarse para ocultar el mal olor. No sirve seguir construyendo edificios deslumbrantes sobre arenas movedizas.

Es necesario detenerse y, con total honestidad, hacernos las preguntas que nos devuelvan a la Verdad. Esa Verdad que nos dignifica y libera permitiendo el derrumbe de todo lo que hemos gestado irresponsablemente alentados por el miedo, la rabia, la culpa, la ambición. Es Posible retornar. Decir SI a recordar que nuestra esencia es el Amor. Rendirnos a esta evidencia y volver a experimentar nuestra realidad de nuevo.

Despertar al hecho de que ya somos Amor ha significado un antes y un después en mi vida. La gran revolución que me ha liberado de la ignorancia, la ilusión, el anhelo, la búsqueda. Que continúa liberándome del dolor por haberme traicionado a mi misma intentando conseguir el amor fuera de mí.

Me abre la posibilidad de honrar sostenidamente mi sensibilidad, mi delicadeza y mi intuición; de expresar el Amor cada día de mi vida, en cada latido, en cada respiración.

 

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