La primera relación.

La primera relación

Si hay algo de lo que he sido consciente desde que tengo memoria es de que todo, absolutamente todo cuanto existe, mantiene una estrecha relación entre sí.
Si observamos el mundo de formas, volúmenes, colores y texturas en que vivimos es posible que todo nos pueda parecer separado, sin embargo, si además de observar nos permitimos sentir, tendremos la evidencia de que cada parte co-existe y sostiene una estrecha relación con todo lo demás. Tener esto presente en nuestra vida es la mejor medicina para sanar nuestra gran herida: la herida de la separación.

Esa herida que alimenta el aislamiento, la pseudo–comunicación y la ausencia de verdadero sentido que tanto caracteriza a nuestra civilización.

– El aislamiento al que nos lleva la mente cuando le damos la autoridad para dirigir nuestra vida.

– La pseudo-comunicación, que dista mucho de la sinceridad, la transparencia y la profundidad que conforman una auténtica comunicación.

– La ausencia de verdadero sentido, asociada directamente con la desconexión de quienes realmente somos.

Es evidente que la filosofía, la ciencia y las diferentes religiones nos han proporcionado respuestas a las preguntas que todos, llegado el día, nos hacemos acerca de quiénes somos, de dónde venimos y hacia dónde vamos. Respuestas que no nos servirán de mucho mientras no seamos nosotros los que reconectemos con nuestro interior y tengamos “la vivencia” de ser mucho más que esos animales racionales con los que tanto nos hemos identificado. La vivencia y no la idea de que somos parte de Dios y por lo tanto amados y sostenidos tan sólo por ser lo que somos es la que nos libera definitivamente del estado de ansiedad en el que vivimos.

La primera relación que necesitamos re-establecer, ya que es el fundamento de todas las demás, es nuestra relación con la divinidad de la cual somos parte. Re-conectar con nuestras cualidades divinas y asentar los cimientos de nuestra vida de acuerdo a ellas, es la única medicina que existe para paliar el sufrimiento y el caos que refleja nuestro mundo.

Vivir en contacto con nuestra naturaleza divina nos permite acceder a otras dimensiones de nosotros mismos y de la vida. Dimensiones en las que todo existe y se relaciona en igualdad siguiendo un plan, que no sólo tiene en cuenta la evolución de cada una de las formas, sino que apoya la unidad entre ellas y la expansión de la luz y el amor que constituyen nuestra verdadera esencia.

Desde esa conexión no siento que en mi propio cuerpo existan partes más importantes que otras, pues he podido constatar cómo el hecho de desestimar alguna de ellas ha tenido como consecuencia el desorden y la desarmonía general.

Si me contemplo desde mi mente, hay zonas de mi apariencia física que me agradan más que otras que juzgo, rechazo y quizás desatiendo, tratando de ignorar que forman parte de mí.
Sin embargo, si me contemplo conectada al Amor que somos, no sólo no es posible esa vivencia, sino que además soy totalmente consciente de los programas, cánones y sistemas esclavizantes que nos distorsionan, alienan y reducen, incitándonos a la comparación y al desaliento.

Conectada al Amor siento una profunda aceptación de todo tal cual es. Entonces percibo mi cuerpo como una unidad, un todo armónico que responde a un ritmo que va ajustando y equilibrando quietud y movimiento. Un ritmo que me permite estar conectada al cosmos mientras transito por la Tierra.

Cualquier aspecto de la vida que experimento viviéndome separada, me lleva a reaccionar de acuerdo a las filias y las fobias de mi parte humana. Me lleva a la comparación, al superior e inferior, al bonito y el feo, al fácil y el difícil, al bueno y el malo, a la atracción y al rechazo.

Lo mismo, contemplado desde el Amor, me lleva a la aceptación, a la igualdad, a la responsabilidad. Me aporta una comprensión más amplia que me ayuda a encontrar el sentido de todo lo que vivo.

Relacionarme con Dios dentro de mí, es el antídoto no sólo para el caos y la locura sino para cualquier forma de sufrimiento. Hacerlo va cambiando mi manera de relacionarme con todo y me va permitiendo liberarme de aquellas marcas y memorias que he recolectado desde la separación. Ya sea buscando a Dios fuera de mí, viviéndome una mendiga que anhela su reino o por el contrario, jugando a ser Dios, transgrediendo sus leyes e ignorando mi cuerpo.

Vivir en armonía con mi cuerpo permite que todo lo que entra en contacto conmigo se armonice en mi presencia: en mi contemplar, en mi hacer… y dada la estrecha relación que guardamos con todo, sostener la armonía, el amor, la quietud, la verdad y la alegría en nuestras vidas es la manera más sencilla de ayudar y de servir.

Últimos artículos

Response (1)

  1. Nadia
    Septiembre 7, 2017 at 5:42 pm · Responder

    He pasado muchos años de mi vida buscando el Amor fuera de mí.
    Creer que sólo lo podía recibir de los demás me ha llevado, en muchas ocasiones, a vivirme carente. Finalmente he aprendido que no tiene mucho sentido salir en busca de pepitas de oro cuando dentro de cada uno yace una mina inagotable. A medida que asumo la responsabilidad sobre mi felicidad y bienestar, voy pudiendo apreciar todo lo que Dios me ha entregado.
    Cuando vuelvo al Amor que soy, lo de fuera deja de tener importancia.
    Gracias Victoria por llevarnos hacia lo esencial.

Deja tu comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Back to Top