Honrando nuestra esencia femenina

Cuando me contemplo y contemplo a mis semejantes, no puedo apartar la mirada para evitar ver que más allá del estatus al que pertenezcamos, más allá del éxito que el mundo nos reconozca y el aspecto físico que mostremos, se ocultan heridas. Heridas que, más o menos visibles, adulteran y filtran nuestra expresión.

Abrumadas con la herencia cultural, política y religiosa recibida, unas veces nos hemos identificado y otras hemos reaccionado en contra de ella, perdiendo así la conexión con nuestra esencia. Estas heridas, de no ser descubiertas y sanadas, nos convierten en supervivientes con poco verdaderamente valioso que ofrecer.
Son estériles los intentos de minimizar y enterrar la tristeza por no haber sido recibidas y consideradas como las criaturas maravillosas que somos, la tristeza por habernos desconectado de la luz y el amor que traíamos al nacer. Esta tristeza continuará afectándonos mientras no recuperemos de lleno nuestro corazón y seamos capaces de vivir en armonía con nuestros ciclos, en armonía con nuestro cuerpo, honrando nuestra capacidad de discernimiento, sensibilidad y delicadeza.
Tengo la certeza de que nuestra sanación como mujeres pasa por reconocer con honestidad que detrás de una supuesta realización en el mundo, muchas veces nos hemos traicionado buscando atención y reconocimiento fuera de nosotras.

En ocasiones hemos podido mostrar debilidad, aniñamiento y desprotección, entregando nuestro poder indiscriminadamente, con la clara o velada intención de recibir a cambio una compensación de padres, maestros, maridos o jefes. O bien, apoyadas  sobre unos cimientos impregnados de rabia, dolor y resentimiento, hemos perpetuado la ancestral lucha de género, pero esta vez incorporando las armas del hombre y compitiendo con él en todos los campos.

Y me pregunto si es necesario continuar utilizando las mismas armas, las mismas estrategias y el mismo campo de batalla que tanto sufrimiento nos ha causado.

Esta maquinaria que separa repartiendo etiquetas de víctimas y verdugos tiene que tocar fondo. Reaccionando desde las heridas, no es posible conseguir una verdadera hermandad entre hombres y mujeres.

Es necesario salir de todo ese engranaje que hemos creado mano a mano con el hombre de un modo inconsciente y que nos ha ido alejando más y más de nosotras mismas. Para ello se requiere claramente de una decisión individual, de una  actitud honesta que cuestione todo lo que hemos invertido en edificarnos sin tener en cuenta en base a qué lo hemos hecho. Que cuestione todos los modelos de mujeres que a lo largo de la historia nos han influido a través de la literatura, la prensa, el cine y la invasión publicitaria, alienándonos y alimentando aún más la distancia con nosotras mismas y con los hombres.

Cualquier representación, por muy maravillosa y glamurosa que parezca, es un vestido harapiento al lado de la verdadera emanación de una mujer que vive en contacto consigo misma.

La belleza de una mujer cuya vida se apoya en unos cimientos de verdadero Amor, es única.

Esta belleza no se adquiere, no se conquista ni se compra, nos pertenece a todas. No es privilegio de aquellas que responden a ciertos cánones, ni de las que pueden regalarse todo tipo de adornos y aderezos. Tampoco lo es de aquellas que pueden invertir en arreglos en un intento de sustituir lo insustituible.

Nuestra belleza es el resultado de llevar una vida responsable, de ser conscientes de la huella que dejamos en todo lo que expresamos, en todo lo que hacemos. La huella que dejamos en nuestros hijos, en nuestras parejas, en nuestros alumnos y compañeros de trabajo, en nuestros amigos y en todas nuestras creaciones.

La belleza de una mujer reside en la integridad con la que vive, en la armonía que desprende, en la emanación serena de su mirada, en el brillo de sus ojos cuando se expresa fiel a la verdad de su corazón. En su receptividad natural, su fortaleza y sabiduría para intervenir con amor en todo lo que le rodea.

Sanar nuestras heridas implica sincerarnos con nosotras mismas, tomar la decisión de abandonar el intento de continuar reinventándonos inspiradas por ideales y cánones esclavizantes.

Nuestra verdadera expresión nace de este pulso íntimo que mana desde lo más profundo de nuestro corazón, donde reside la verdadera medicina, el verdadero alimento, la verdadera sanación para la humanidad y para la Tierra.

 

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Responses (3)

  1. Inmaculada
    Octubre 20, 2016 at 11:21 am · Responder

    Me gusta viajar contigo en la mirada panorámica que haces sobre el recorrido de la mujer. Pero,
    lo que más aprecio es lo que experimento cuando re-imprimes el significado de BELLEZA.
    Mi cuerpo se esponja y cada una de mis células dicen Sí: Sí, ésta es la verdadera belleza de una mujer.

    Tus palabras resuenan dentro de mí con una vibración que sutilmente me limpia y libera de todo cuanto anida en mí que es falso.

    Tus palabras son aire fresco que orea mi cuerpo y me trae la buena nueva de lo que es verdaderamente SER MUJER.

  2. victoriawp
    Octubre 27, 2016 at 6:18 pm · Responder

    Gracias Inmaculada.

  3. Inma Lorente
    Julio 19, 2017 at 3:16 pm · Responder

    Hermoso recordatorio acerca de lo que la verdadera belleza es. Nos pertenece a todas por igual, independientemente de la edad, forma física, profesión, nacionalidad o estatus social. De hecho, no hay nada más bello que ver a una mujer que se valora y sabe de sus cualidades, de su aroma y belleza natural. Me inspira compartir con mujeres que viven honrando su esencia femenina. Mujeres valientes que han dejado sus armas en la lucha por la igualdad para entregarse a la deliciosidad y fragilidad de su cuerpo, el único lugar desde el cual la verdadera liberación es posible.

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