De la pequeña a la gran familia

Una nueva oportunidad para encarnarme sin perder la consciencia multidimensional.

Una oportunidad para sanar, rectificar y aprender. 

Una oportunidad de vivir la Unidad en la multiplicidad: de sentirme parte sin dejar de sentirme una con todo.

En esta ocasión: padre, madre y siete hermanos. Nueve en total, siendo la primera hija en llegar.

La familia significó mi comienzo y acogida en la Tierra y progresivamente se fue convirtiendo en un referente que me otorgaba la identidad que nos diferenciaba de otros grupos familiares.

A través de mis padres, lo primero que la familia me proporcionó fue un cuerpo en el que vivir además del hogar, los cuidados y atenciones que según su criterio necesitaría para nutrirme y desarrollarme. También me proporcionó seis hermanos con los que compartir y un determinado marco de referencias sociales, culturales y religiosas. Un complejo entramado de costumbres y hábitos de toda índole que correspondían a la familia materna o a la paterna y que podían ser utilizados, según el momento, a mi favor o en mi contra a través de etiquetas y juicios de valor.

En la medida en que voy descendiendo al detalle, me doy cuenta de cómo se fue debilitando la conexión con mi esencia divina al absorber sin discernimiento aquello que me rodeaba, obedeciendo unas veces y rebelándome otras, al sinfín de credos, deberes y obligaciones que me exigía mi nueva vida en la Tierra.

Albergaba la creencia de que Dios no me había regalado el don de agradar. Carecía de esa disposición para saber en cada momento lo que se esperaba de mí. Así pues, en lugar de ese don tenía la culpa que se adueñaba de mí tras nombrar con inocencia lo que veía y sentía sin ninguna clase de filtro. Además de la culpa por lo que alteraba, la frustración por lo que decepcionaba y el dolor por sentirme malinterpretada o juzgada.

La familia que hemos elegido nos pone en contacto con lecciones pendientes, pactos por revisar y heridas para sanar.

Podemos aceptar este hecho con responsabilidad, o volver a desperdiciar nuestra vida nuevamente escapando, bien eligiendo sentirnos víctimas, o entrando en el falso orgullo de “mi familia es la mejor”. Actitudes opuestas en apariencia, pero con un mismo denominador común: huir de cuestionar e iluminar creencias, ideales y patrones de conducta que hemos aceptado como verdad para poder adaptarnos a las exigencias de este mundo.

La familia es en realidad nuestro primer escenario en la Tierra. Podemos elegir obedecer de por vida  su estructura y contenido limitante, o por el contrario podemos elegir realinearnos a nuestra realidad multidimensional y vivir de acuerdo a ella, siendo un reflejo y una inspiración para todos aquellos que han olvidado su origen divino.

Ha sido una gran liberación para mí haber descubierto que tanto el hecho de haberme identificado con lo que representaba mi familia de origen, como el hecho de juzgarlo y reaccionar a ello me ha tenido entretenida en el laberinto de las filias y las fobias, en la búsqueda de confort y gratificaciones, bastante alejada del verdadero propósito de mi vida aquí: Vivir alineada a todas las dimensiones en las que existo, expresando con sencillez el orden divino a través de la palabra y de cada uno de los movimientos de mi cuerpo. 

Muchos son los reflejos que he tenido para saber de mi larga andadura terrenal. No tantos de mi origen divino.

Agradezco la experiencia, el reflejo y el apoyo de mi familia de origen. 

Agradezco el encuentro con la familia Benhayon, un modelo de roles que sabe, vive y comparte lo que es posible cuando la conexión con Dios es lo primero, el compromiso con la evolución es total, y el verdadero servicio constituye la expresión de una vida plena.

Agradezco el encuentro con la comunidad esotérica, una gran familia en permanente evolución que me refleja los diferentes grados del compromiso con la Verdad, que me inspira y confirma la grandeza de la que vengo y soy parte, que me invita a expresar sin límites mi belleza y exquisitez, que me muestra el camino para salir de la creación y poder vivir en co-creación constante aportando con sencillez lo que soy y traigo.

Afortunadamente, el concepto que inicialmente tenía de familia ha ido evolucionando conmigo, se ha ido ampliando. Hoy mi familia es la humanidad y mis hermanos sois todos.  

 

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Response (1)

  1. nadia
    Agosto 6, 2018 at 6:42 am · Responder

    La Familia, una palabra llena de recuerdos, de emociones y sentimientos, las llevamos todas dentro, son huellas a veces gratas y otras incomodas. A menudo preferimos dejarlas estar pues el pasado pasado está sin embargo tomar tiempo en revisar nuestro recorrido de vida nos da la oportunidad de comprobar lo que hoy en día resuena como una verdad que nos apoyó para crecer y nos sigue apoyando a ser quienes somos o si es algo adquirido que generación tras generación se ha ido pasando convertido en costumbres que nadie cuestiona. Familia una palabra que a veces escuece y hasta cuesta mencionar y otras un emanación cálida que mana del corazón. A lo largo de mi vida he tenido la ocasión de contemplar, revisar mi concepto de la familia, cuestionar la carga de deber auto-impuesto dejando espacio para el amor que siento por cada miembro de mi familia abriendo dentro de mi un espacio de libertad que antes no había. Lo que me gusta en tu texto Victoria es tu invitación a revisar y a salir de las ideas y las creencias que se tiene acerca de la familia. Cuestionar cuales son las bases sobre las que está edifica permite descartar y soltar lo que no es, nos lleva a tomar consciencia del valor, la importancia y la necesidad de unas relaciones basadas en la igualdad, el respeto en el que el apoyo mutuo sostiene cada uno en ser lo que verdaderamente es; llegado a este punto entonces descubrimos que Familia somos todos. Gracias Victoria Arnanz

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