Como cada ser humano comencé mi vida en un cuerpo sensible, receptivo, delicado e inteligente que emanaba amor y armonía, siendo un reflejo para todos de lo que es y no es. Esto fue así hasta que la presión por encajar y ser aceptada en este mundo me llevó a traicionarme.

Este intento me fue alejando más y más de mi interior, de la llama que me confronta siempre con la verdad y me recuerda el camino de vuelta.

Comencé a cultivar la individualidad, a necesitar diferenciarme, ser reconocida, valorada y requerida permitiendo que mi cuerpo fuera dirigido por una mente que separa y diferencia, que controla y somete a través de sueños, ideales y creencias.

Dentro de mí, tensión y desasosiego, permanente batalla.
Cada noche, cada madrugada, la culpa por traicionarme.

Durante el día vuelta a la evasión, a fundirme con lo que me gustaba, a contraerme con lo que me dolía.
Abierta a conocer, a experimentar todo lo que la ley de atracción tenía para enseñarme.

Gracias a que tengo un cuerpo, he podido darme cuenta de las consecuencias de aquella decisión. Un cuerpo inocente que nunca miente. Un cuerpo sensible que me muestra su desequilibrio, que me recuerda que no fue una buena elección traicionarme. Conectar con ello me devuelve a la rabia enterrada que experimenté entonces, por haberme sometido a autoridades externas, desobedeciendo a la verdad que se revelaba dentro de mí. La rabia conmigo misma por auto-engañarme y alejarme de mí en la creencia de que no puedo permanecer en contacto conmigo y lo que siento cuando estoy con los demás.

Cuando mi cuerpo vuelve a sentir esa presión ahora, puedo comprender por qué me desconecté de él, le reconforté con comida y le convertí en el siervo que cumplía las órdenes y deseos de mi mente.

Hoy mirar todo esto ya no me duele, pero me ha dolido mucho tener que hacerme cargo de tanta ignorancia, tanta irresponsabilidad.

Me ha costado verme cómplice de ese espíritu indomable que, desconectado del alma y por ende de Dios, disfruta de crear aquí a su antojo.

De la complicidad a la renuncia… de la desobediencia a la Obediencia… del caos y el desorden al Alineamiento, para volver a experimentarme en unidad con Dios, mi Origen,… el Amor que soy.

Rendirse al Amor es una elección consciente.
Cuando sucede, el cuerpo se enciende, responde, obedece. Se muestra diligente, delicado, sumamente sensible.

Rendido al amor el cuerpo, sana, sabe y ama.

Ahora sé que soy Amor en un cuerpo de vida que me recibe, me expresa y me comparte.
Amor y armonía en un cuerpo que, en sintonía con el Universo, obedece ciclos, ritmos, leyes…
Ahora sé que soy pura alquimia, fuego del alma que no se consume, puro propósito que enciende y da sentido a la vida.

 

5 y 8 del 4 de 2020

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